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La paz es ese gran estado cuasi nirvánico -no existe la palabra, lo se, pero aquí me quedaba de lujo- con el que sueñan numerosas sociedades de este maldito planeta. Sueño de muchos, unos por necesidad vital, otros -como los políticos- porque el rédito que supone conseguirla es largo y cuantioso. Eso, a grandes rasgos.

El pasado lunes, el presidente del gobierno colombiano, Juan Manuel Santos, en una escueta -y sin preguntas- alocución, anunció que se iban a comenzar diálogos “exploratorios” con la guerrilla de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias Colombianas) y que en estas conversaciones también podía incluirse a otra guerrilla, aún activa, pero mucho más pequeña y con menor fuerza, como es el ELN (Ejército de Liberación Nacional). A mi juicio el señor Santos hizo esta intervención porque ya por la mañana, en un canal venezolano, TeleSUR (afín al gobierno chavista) se anunciaba que estos contactos se iban a dar, e incluso dónde: el lugar propuesto parece que será Oslo, que como bien saben ustedes está a tomar por saco de Colombia.

Desde hacía días el runrún en las redes sociales sobre ese tema era intenso. ¿Es posible un paz en Colombia? La pregunta que creo más necesaria es: ¿está la sociedad colombiana preparada para afrontar otro proceso de pacificación? (y van tropocientos porque todos los presidentes del país -todos- lo admitan o no, han hecho sus intentos por la cuenta que les trae). La respuesta rápida que a uno se le viene a la cabeza es que no. Para la paz uno siempre está dispuesto. Para un proceso, para una negociación, no. Porque negociar significa claudicar en algunas cosas, ceder, ser flexible… en pro de un final que -absoluta y rotundamente- vale la pena. Pero no es fácil para un país que lleva desangrado más de 60 años. Un país con el que sus habitantes han de luchar interna y externamente para quitar prejuicios estúpidos. Un país en el que los hermanos se matan, los primos se matan, y los padres se matan en pro de un conflicto que es el más lucrativo de todo el mundo para los actores participantes. Como no trato de hacer un análisis sesudo de todo esto, sólo les quiero compartir mi escepticismo al respeto. Ojalá se logre, ojalá se consiga, y dentro de 20 años (que nadie piense que antes) ya no se hable de Colombia como el país con el conflicto interno más duradero de la historia.

Pero: hay muchas dudas sobre el papel gubernamental, cómo lo va a hacer, qué hoja de ruta seguirá (¡cómo odio esa expresión, hoja de ruta, y ahora voy y la uso yo!). Hay dudas porque las FARC ya no es un ejército compacto; existen cientos de lo que se llaman facciones, no hay cabezas visibles como antaño (Tirofijo, Alfonso Cano, el Mono Jojoy,…) y eso dificulta muchísimo el camino. No sabemos si los frentes van a acatar lo que parte de la guerrilla diga. Hay dudas en el papel de los medios: en el anterior proceso de paz, allá a finales de los 90, con Andrés Pastrana como presidente, hubo otro proceso-show. Show porque se televisó. ¡Incluso había público espectador al mismo! Y, por supuesto, fracasó.

Hay dudas pero, lo que está claro, es que este maravilloso país se merece un respiro. Encauzar una historia llena de altibajos pero que ahora atraviesa una de sus páginas más grises (ha habido mucho más negras) Ojalá salga adelante porque se lo merece. Porque hay gente que lucha y sueña con recorrer una de las zonas más bonitas del planeta con el único miedo de tener una resaca monumental de ron y aguardientico.

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